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Desde hace dos años en Sogamoso nació y se consolida una preocupación ciudadana especial por el arbolado urbano, a partir de un entramado irregular orientado a la tala de 32 palmas canarias en su calle principal (carrera 11), que se convirtió en una voz colectiva: Palmas Hablan.
Digo que un entramado irregular porque, a la luz de numerosos hechos y evidencias posteriores, se fue develando una clara intencionalidad de su tala con fabricación de motivos pero apariencia de "riesgo de colapso" y alguna acción judicial, todo para facilitar algún contrato municipal de intervención en esa vía. No entro en esos detalles aquí, aunque el enlace previo ofrece ventana de comprensión al tema. Y esa preocupación, que parecía solitaria y específica, pronto migró a una preocupación mayor, ante la amenaza de eliminación adicional del arbolado en la Plaza 6 de Septiembre y en el Parque Recreacional del Sur, esta vez intentada por mecanismos distintos pero con un factor común, una especie de monstruo de mil cabezas: sorpresa y presión política, ausencia de concertación ciudadana previa, ausencia de diálogo social oportuno, menosprecio del arbolado, desprecio a la participación ciudadana, desapego a la moralidad administrativa e imposición de la obra gris como "ejemplo" forzoso del desarrollo de una ciudad. Todo esto, con evidencias abundantes, todas ellas registradas en diversas publicaciones como también a lo largo de las acciones cívicas y judiciales que se han desatado en respuesta a ese afanoso deseo de eliminar el arbolado de la ciudad, para dar paso al "desarrollo". Algunos ciudadanos decimos: desarrollo sí, pero no así. Y, pensar distinto, no es bien visto por muchos.
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Un buen amigo que tengo (de esos que se toman el tiempo para decirte respetuosamente, en persona y a los ojos, reflexiones 'aguantadas', a riesgo que incomoden -lo que otros posiblemente prefieren juzgar sin miramientos o también callar o dejar al chisme), me increpó recientemente sobre mis opiniones políticas -que francamente son apenas periféricas y limitadas en contexto-, esto a propósito de la elección presidencial del año pasado y, en referencia a lo que fueran mis publicaciones en la red social Facebook (restringidas a los 'amigos'), cuando desde un primer mensaje (26.5.2022) plasmé etiquetas para referirme a 4 candidatos del momento, tales como, bravucón, maestro, despeinado y bufón. Pensar distinto (y actuar en consecuencia), con deferencia y de manera argumentada, debiera ser una de las virtudes de mayor fomento y aprecio en una sociedad, bajo supuestos mínimos –claro está– de respeto a las diferencias, a la moral, a los derechos humanos universales, a la ley, como también a las buenas costumbres. ¡Qué interesante vivir en una sociedad donde pensar distinto sea un ejercicio de construcción común!
Se activan la dialéctica y la sinergia, se estimula el intelecto, y se avanza en moralidad colectiva. Pero no, no es ese el panorama idílico desde el cual reflexiono. Mi entorno al menos, da muestras de castigo social o comunitario al que piensa diferente, al que no comulga con otros, sean pequeños o grandes grupos. |
Reflexiones
Reflejos de mi sentir sobre temas ambientales.
© Felipe Andrés Velasco AutorFelipe A. Velasco Archivos
Junio 2026
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